domingo, 10 de junio de 2018

HABLEMOS DE DROGAS...CHARLEMOS EN FAMILIA

Existe una cierta tendencia a pensar, que dialogar con adolescentes es complicado y anticipa, casi de forma inmediata, una  discusión. Quizás sea este motivo por el cual, tanto padres como docentes tratan el tema del consumo de alcohol y otras drogas  de manera forzada, autoritaria y crítica, incitando al miedo a través de dramatismos innecesarios, tonos catastrofistas y a la premisa del “no es no”, sin percatarnos de que los efectos que esperamos tener con esa conversación, se nos pueden dar la vuelta.






Para evitar lo anterior, debemos procurar informarnos sobre el alcohol y otras drogas, conocer los distintos tipos de sustancias y los efectos que tienen, obtener información clara para poder adaptarla a la edad de nuestros hijos y a la situación en la que se pretenda abordar este tema, de una forma seria y contrastada, pero con naturalidad.
Un buen momento para hablar de este tema con nuestros hijos, puede ser a través de una noticia en la televisión, un anuncio en el periódico o algún caso real del que estemos informados, no obstante, si la situación ideal no surge, hay que dar el paso y abordar el tema con decisión a través de una buena comunicación.
Es importante cuando hablemos con ellos, que nos preocupemos de escucharlos, observarlos, mostrarles interés, dejar espacio para que expresen sus preocupaciones, dudas y opiniones al respecto, para crear un ambiente de confianza y comprensión, evitando imposiciones y discursos moralistas que los jóvenes detectan y rechazan.
Es en el seno de la familia de origen, donde nuestros chicas y muchachos aprenden a comunicarse y relacionarse, a poner límites, a hacerse respetar y respetar también a los demás, a expresar sus opiniones, emociones e inquietudes, a negociar, discutir y llegar a acuerdos, a cumplir las normas y a construir toda una red de valores con la que se enfrentarán al mundo, por ello es importante, cultivar un diálogo sano y constructivo.
Los adolescentes tienden a buscar sensaciones y situaciones placenteras inmediatas, sin embargo, perciben el riesgo y los peligros como algo lejano e improbable, ya que no tienen suficiente madurez. Muchas veces, la dificultad para decir no, la necesidad de pertenecer a un grupo, la curiosidad, las ganas de experimentar o el demostrar que se deja atrás la infancia, puede anteceder un posible consumo, por ello, debemos tener la suficiente confianza con nuestros hijos para que nos cuenten sus preocupaciones y poder ayudarlos, hablar del consumo de drogas de un modo directo y razonable, sin interrogarlos, culpabilizarlos ni desautorizarlos.





Hemos de potenciar su autonomía y responsabilidad, ofrecerles lo que necesiten teniendo en cuenta unas ciertas normas, límites y valores. Salidas, horarios y tareas deben pactarse, aunque a veces serán innegociables, no obstante, requieren de compromiso y responsabilidad.
Tampoco podemos esperar que nuestros hijos nos lo cuenten todo, ellos también tienen una intimidad que debemos respetar y ni es bueno sobreprotegerlos, ni desentendernos de lo que hacen y dejan de hacer, hay que ser coherentes, por ello generar confianza en la relación, puede beneficiar a toda la familia. 


Si con todo lo anterior, sospechamos que ha podido existir un consumo o se está consumiendo, es necesario encontrar un buen momento para hablar con nuestra/o hija/o tranquilamente, sin dejarnos invadir por la urgencia, la rabia o la angustia, conocer el motivo por el cual ha consumido o está consumiendo, la frecuencia y cerciorarnos de si conoce los riesgos de su comportamiento, atender más al para qué del consumo, que al consumo en sí, tender a responsabilizar en vez de culpabilizar y a generar un acercamiento de nuestro hijo, a través de la escucha, la comprensión y el afecto. De una mala experiencia se pueden extraer cosas positivas si se sabe cómo hacerlo.







Indicadores de que puede estar existiendo algún tipo consumo:

  • Un descenso en el rendimiento escolar.
  • Faltas injustificadas a clase.
  • Cambio inesperado de amistades. 
  • Aislamiento.
  • Cambios repentinos de humor (agresividad, tristeza, apatía, etc.)
  • Alteraciones en la alimentación y el sueño.
  • Dificultad para concentrarse.
  • Dificultad para conversar y más sobre un tema de consumo de drogas.
  • Amistades que consumen.
  • Objetos de valor o dinero que desaparece de casa.
  • Síntomas físicos como: ojos enrojecidos y cerrados, pupilas dilatadas o contraídas, reacciones lentas, habla pastosa, congestión nasal, acelerado, dificultades para hablar.




Una buena educación desde la familia, puede prevenir comportamientos de riesgo o, si los hay, identificarlos a tiempo.


¡HOY PUEDE SER UN GRAN DIA

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domingo, 3 de junio de 2018

SOBRE ESTUPEFACIENTES Y ESTÚPIDOS...


La estupidez merecería figurar entre las virtudes humanas; pero he aquí que, como tantas otras, alguien la colocó en la lista de los defectos, y ahí se quedó.


Viene del latín stúpeo, stupere, stúpui, que significa sentir estupor, quedar maravillado. Fueron los mismos romanos los que asignaron valor despectivo a esta palabra, porque fueron ellos los que consideraron que no era bueno, en general, dar ocasión a los que nos rodean de conocer nuestros sentimientos.

Completan el campo léxico de stupere, el incoativo stupescere, en el que la desinencia funciona de refuerzo, con lo que se refuerza el significado, pero a la baja: pasmarse, quedarse atónito, cortado, sin saber qué decir
El adjetivo stúpidus no tiene necesariamente significado despectivo. Se usa preferentemente para designar al "estupefacto", "aturdido", "extasiado", "pasmado"; pero es igualmente apto para insultarle a uno y hacer que suene a "estúpido, necio, tonto, insensato, bufón, inculto". 
En cambio, la palabra stupefactus no tiene connotación negativa ni en latín ni en español. Significa estupefacto, atónito, aturdido.
El verbo Stupefacio, del que procede el anterior, significa asombrar, pasmar, paralizar, dejar estupefacto (a otro). Y su forma pasiva stupefío quedarse pasmado, aturdido paralizado (por la acción de otro).








Vemos, pues, que en conjunto todo este grupo léxico era bastante tolerante con la estupidez; incluso la palabra "estúpido" no era del todo ni necesariamente insultante. Se podía decir con intención descriptiva.  


Palabras todas que provienen de la misma raíz latina stupeo, quedar como atónito; curiosamente igual que estupendo, aunque el uso ha dado a cada una un significado bien distinto. 
Stupefacio era para los romanos la situación en que quedaba el herido en combate, desconcertado, pasmado por el dolor y el miedo. 
En cualquier caso, todas dirigen nuestra atención hacia sensaciones que modifican el estado de ánimo del sujeto en un sentido de minoración.

Así apunta también la definición académica de estupor, remitiéndola, por cierto, al ámbito médico: “Disminución de la actividad de las funciones intelectuales, acompañada de cierto aire o aspecto de asombro o de indiferencia”. 

Para la palabra estupefaciente el Diccionario de la Real Academia Española guarda la siguiente definición: “Dicho de una sustancia: que altera la sensibilidad y puede producir efectos estimulantes, deprimentes, narcóticos o alucinógenos, y cuyo uso continuado crea adicción”. 


Aquí ya vemos que la Academia añade el término “estimulante” que podría considerarse hasta cierto punto como efecto beneficioso, si no fuera porque se sobreentiende su artificiosidad y se asimila a otros que no lo son, además de añadirle el perjuicio de la adicción.

En nuestro lenguaje, en cambio, las palabras estúpido y estupidez están cargadas de mala intención, y así andamos todos huyendo de semejantes calificativos. Porque en nuestra cultura hemos progresado mucho, respecto a los romanos, en la ocultación y el camuflaje de nuestros sentimientos.

La consigna es no inmutarse por nada, no maravillarse de nada, hacer ver que uno está de vuelta de todo, que no es tan fácil sorprenderle. La cosa empieza en ficción y acaba en verdad.

Al final ya no te maravillas de nada, ya nada te sorprende, ya nada te causa estupor. Así no es fácil que te cataloguen de estúpido o estúpida. Pero he aquí que eso hace la vida muy aburrida: sin emociones, sin nada que te sorprenda, que te llamen la atención, la vida se te pone de un gris plomizo









Pero desde siempre el hombre ha tenido la tentación, y fácilmente la oportunidad, de modificar sus sensaciones. La naturaleza le ha servido en bandeja los materiales para ese propósito: alcohol, decenas de plantas, hasta algunos animales como la cantárida restituidora de virilidades en decadencia. Y entonces, viene el gran invento: los estupefacientes.


Son unos productos mágicos que te lo hacen ver todo nuevo, maravilloso, sorprendente; gracias a los cuales recuperas momentáneamente la capacidad de estupefacción.
Por fin vuelves a saber lo que es el estupor, la sorpresa, la admiración. 

Lo que la educación te quitó, la química te lo devuelve.
Te haces químicamente estupendo
En resumen, huyendo de la estupidez, fuiste a dar de bruces en los estupefacientes. 



¿Es estúpido el individuo que consume sustancias estupefacientes? 

Lo es en un doble sentido, en el coloquial y en el etimológico. 

Es estúpido y por momentos se halla estupefacto. 















NO TE SIENTAS UN ESTÚPIDO ESTUPEFACTO.



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26 de JUNIO - LAS PERSONAS PRIMERO

En su   resolución 42/112 , el 7 de diciembre de 1987, la Asamblea General decidió celebrar el 26 de junio el Día Internacional de la Lucha ...